Santo Domingo, D. N., Rep. Dom. 27 de marzo 2026.- Cada 27 de marzo, con motivo del Día Mundial del Teatro, por tradición, una voz nos invita a reflexionar sobre su sentido y vigencia.
Este año, desde la iniciativa Teatro al Alcance de Todos, Jornada por la Democratización del Teatro Dominicano, innovamos: son dos mensajes que exhortamos compartir y acompañar con su reflexión!

Nacional y Diáspora. De la escena nacional, Juan María Almonte, y de la diáspora, Oleka Fernández. Ambos nos ofrecen una mirada complementaria y comprometida con la equidad de género. Hombre y mujer, aquí y allá, encarnan un mismo pulso: la búsqueda de un pueblo para el teatro. Que estas palabras resuenen como recordatorio del trabajo que sostiene nuestras tablas.

Actor, director y dramaturgo dominicano
Mensaje Juan María Almonte. La Constitución de R. D. y la ley fundacional de su Ministerio de Cultura, con base en la Declaración Universal de los Derechos Humanos para la Cultura, establecen que:
“Todas las personas tienen derecho a participar libremente, sin censura, en la vida cultural, de disfrutar de las artes y de compartir los beneficios del desarrollo científico”.
Sin embargo, esto no es más que pura retórica. De hecho, los moradores de los barrios empobrecidos y las comunidades rurales han permanecido históricamente excluidos. En el caso particular del teatro, la generalidad de las salas de espectáculos y de escuelas están ancladas en el área metropolitana de la capital Santo Domingo y en la provincia de Santiago.
Este es uno de los factores que contribuyen con la descomposición social en la que están atrapados los jóvenes de las comunidades marginadas. ¡Destino fatal! El arte, y la cultura en general, no son simples entretenimientos; son herramientas de cambio social e individual.
La jornada nacional “Teatro al alcance de todos” tiene como objetivo general contribuir con los esfuerzos en favor de la descentralización, democratización del teatro y del arte y la cultura dominicanas en general.
¡Teatristas! ¡Artistas todos! ¡Trabajadores de la cultura! ¡Unamos nuestros esfuerzos para derrumbar los muros que impiden la necesaria vinculación entre teatro y pueblo, arte y pueblo, cultura en general y pueblo! ¡Retomemos la antorcha que enarbolaron los héroes anónimos que sentaron las bases para que, a pesar de todo, el teatro dominicano siga aún vivo!
¡Adelante! ¡Adelante!
El teatro debe ser, no un derecho de unos pocos, sino un derecho de todos. Hagamos nuestra la consigna del manifiesto del Frente Cultural Constitucionalista de la Guerra Patria de 1965:
¡Nosotros también somos el pueblo!
Mensaje Oleka Fernández. “…apenas entrando en la adolescencia, me inicié en el teatro estudiantil, con el maestro y director Rómulo Rivas. Junto a queridísimos colegas, nos entrenábamos a diario en el colegio La Salle”.

“El contexto político de aquellos años era el de un país sometido a una neo dictadura: los sangrientos doce años de Balaguer. Ser joven contestatario, denunciar las injusticias y atrocidades del régimen eran actos que podían costarte la vida”.
“Durante todos esos años (seis, quizás siete?), recorriendo barrios de la ciudad, campos y pueblos, para presentarnos en callejones, parques, salas improvisadas, escuelas, clubes culturales, calles, patios, iglesias y hasta en la cama de un camión, pude ver y sentir en carne propia la terrible desigualdad y las injusticias que azotaban a la mayoría del pueblo dominicano”.
“Puedo decir que, en gran medida, fue el teatro el que me construyó como ciudadana comprometida con la sociedad de la que formaba parte”.
“Las condiciones materiales en cada representación eran precarias y casi siempre impredecibles. ¿Bambalinas?, ¿camerinos?, ¿telón de fondo?, ¿luces profesionales?”.
“Lo nuestro era hacer de tripas corazón y adaptarnos. Lo más común era que la luz se fuera en medio de la representación; entonces encendíamos velas y seguíamos pa’lante. Nada podía suspender la función”.
“Aquel grupo heterogéneo de muchachos y muchachas, en edades y orígenes sociales distintos, practicábamos un teatro íntimamente conectado con la realidad social y política del país, tanto en su estética como en el contenido. Nuestro arte no debía servir únicamente para entretener y divertir, sino también para cuestionar la realidad, para movilizar y despertar las conciencias de los espectadores”.
Llevar ese teatro a la mayor cantidad de personas era nuestra misión. El nuestro era un teatro que iba hacia la gente, que buscaba su público, compuesto principalmente por los sectores más desfavorecidos de la sociedad, los que no tenían acceso a la cultura en general y mucho menos a las pocas salas de teatro que existían en aquel tiempo. Definitivamente, ese teatro itinerante, popular y social, comprometido con la construcción de una sociedad más consciente y empoderada, sigue siendo necesario, vital.
Hoy comprendo que aquella manera de hacer teatro no solo respondía a una urgencia histórica, sino que también definió de forma profunda e irreversible mi manera de entender el arte y la vida. Sigo creyendo en un teatro vivo, capaz de dialogar con su tiempo y de interpelar a la sociedad.
Y, sin embargo, desde el presente, surgen nuevas preguntas. Yo, que vivo no muy lejos de esos lugares del mundo en los que la guerra es el infierno cotidiano, me pregunto —y les pregunto—: ¿cómo, en un contexto mundial tan mortífero, puede hoy el teatro crear espacios de esperanza, de solidaridad, de libertad de pensamiento, de humanidad?
En nuestro propio país, donde ganan terreno ideologías y valores contrarios a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ¿cuál es nuestro rol como artistas, como transmisores de sentido, como generadores de emociones? ¿Cómo dialogamos con las personas con las que no compartimos los mismos valores ni ideas?
La tendencia suele ser querer imponer cada quien su posición, demostrar que el equivocado es el otro. Estos tiempos, sin embargo, reclaman romper el muro del individualismo y de la radicalización; urge la comunicación directa, reflexiva y apaciguada.
Eso justamente nos propone el teatro: explorar situaciones que nos desestabilicen y nos conmuevan, ampliar nuestro espacio mental, conectarnos emocionalmente con otras personas.
El teatro estimula nuestra imaginación, nos facilita abordar temáticas difíciles de la vida con humor y belleza. Por la singularidad que tiene el teatro de recurrir a todos los sentidos para crear asombro explorando nuestra humanidad, por su carácter colectivo, social y de arte vivo, el teatro es más que socialmente saludable, ¡necesario!
Que la semilla que siembra cada teatrista que sale a la calle se convierta en un frondoso árbol que sirva de sombra, cobijo e inspiración a generaciones presentes y futuras, para que el teatro pueda llegar a todos los rincones del país y abra caminos de encuentro, conciencia y transformación. ¡Aplausos!
